Atrapados en el tiempo

Cada noche morimos, y volvemos a nacer al despertar.

Cuando somos bebés en el vientre de nuestra madre, ¿Dónde está la luz?

No hay luz, nuestra luz allí es nuestra oscuridad.

Parece lógico para nuestro recuerdo, memoria inconsciente, pero también parece lógico para el mismo olvidar que no hemos hecho el proceso de duelo que implica nacer, la transición de gusano a mariposa.

Así que vivimos con un pie aquí y otro allí. No acabamos de entrar, ni acabamos de salir.

Vivimos a la sombra de una memoria de transición que fue traumática. Buscamos la conexión que nos devuelva a ese estado inicial, pero ahora bajo la amenaza de no volver a repetir ese recuerdo.

Tratamos de olvidar que hemos sido gusanos, enterrando el recuerdo bajo la creencia de ser mariposas, nadando así entre dos aguas.

¿Pero si soy mariposa, como que me siento amenazado por el miedo a volver a ser gusano?

Nuestro sistema de comprensión no alcanza a “asimilar” que seguimos siendo gusanos y también mariposas. El universo no es excluyente, sino que toda muerte da lugar a una nueva inclusión que se manifesta en un nuevo nacimiento.

Lo que muere es la forma, pero no lo que hace al gusano ser gusano. Esa esencia, sigue presente en cada forma que se despliega. El gusano, vive en la mariposa.

Todo cuanto existe comprende dentro de sí toda vida anterior. No hay anterior o posterior, la vida es siempre presencia. Es un círculo, no una línea recta.

Convivimos entre energías que nunca han nacido, y energías que nunca han muerto, todas ellas capturadas bajo la sabiduría del eterno retorno.

Nacer implica morir, morir implica nacer.

Somos transición, vivir es duelar.

La vida no es algo personal.