Entre el olvido y el recuerdo

Siempre estás en una historia.

La historia que te cuentas no importa, lo importante de la historia eres tú.

Encuéntrate, y entonces, libérate. Has de saber que nadie se ha liberado lo suficiente de sí mismo, como para ser completamente libre.

Usa tu fantasía para encontrarte contigo.

Date cuenta de que estás atrapado en un sueño. Observa la trama en la que crees estar atrapado.

Lo importante en el sueño, es soñar, no que el sueño te sueñe a ti.

Lo importante en la vida, es vivir, no que la vida te viva a ti.

Es el sueño el que crea a los soñadores.

Tendemos a interpretar y por ende, ver el mundo, a través de una historia con la cual nos identificamos. Buscamos en ella seguridad y pertenencia sin darnos cuenta de que estamos limitando nuestra vida a un modelo preestablecido.

Vemos lo que queremos ver, y de algún modo, el mundo confirma la narrativa interna en la cual estamos atrapados. No hay diferencia entre el mundo interno y el externo, entre el adentro y el afuera, el cielo y la tierra, el arriba y el abajo. Lo único distinto es la forma.

Nuestra aventura vital se inicia representando un mito. Es el canal el que nos elige. No tenemos ninguna potestad en el reparto de papeles en la obra de vivir. No hay elección, “Dios no juega a los dados con el universo”.

Desde esa memoria de lo que creemos ser, nuestro trabajo es recordar nuestra esencia, no olvidarla a través de quedar atrapados en la memoria, la sombra de nuestro ser.

Aquí no hay premio ni recompensa para el héroe, el premio es recordar lo que somos.

Nos movemos entre el recuerdo y el olvido. Recordar lo que somos a la vez que olvidamos, dejamos ir, lo que no somos, para no caer presos de nuestro recuerdo.

Toda historia nace para ser contada, sin embargo, podemos dejar de ser esclavos de una narrativa para ser algo u alguien, simplemente siendo conscientes de lo que nos contamos para ser. No hemos venido a ser nada. Ya somos.

Somos la vida que da vida a las historias.

Somos una historia que incluye todas las historias.

Nos produce una cierta sensación de paz tener un lugar en el que ampararnos.

Una metáfora de ello es lo que llamamos nuestro cuerpo. Desde ese espacio-hogar creemos ir por la vida haciendo cosas, moviéndonos, creciendo y muriendo.

¿Quién nace? ¿Quién muere? ¿Quién crece?

El cuerpo es sólo una imagen, un símbolo, un punto de anclaje que necesita la Consciencia, el amor, la vida para experimentarse a sí misma. Lo divino en nosotros necesita una forma estable para jugar consigo mismo al juego de encontrarse.

La vida ama jugar al escondite.

Es el amor de la creación hacia todo lo que ella es, el que crea la relación entre la forma y el fondo, lo visible y lo invisible, la vida y la muerte, lo masculino y lo femenino, tú y yo.

La vida es simplemente una relación consciente con la totalidad de lo que soy.

Hemos heredado memorias que nos hacen sentir vergüenza por ser lo que somos. Memorias que lo único que hacen es mantenernos atrapados en una narrativa tóxica.

Aceptar, no duele. Duele rechazarnos creyendo que tenemos que ser, pensar, sentir otra cosa. Esa es nuestra traición.

Hemos perdido la conexión con los mitos y sin embargo, hoy, siguen más vigentes que nunca. El mundo reproduce la actualización de estas memorias que pueblan nuestra Inconsciencia.

Las Afroditas, los Hércules, los Zeus, ahora visten otras túnicas, pero siguen repitiendo las mismas tramas a la espera de que alguien las acoja en su corazón.

Nuestro trabajo simple y no tan simplemente, es aceptar, amar, habitar, encarnar las narrativas que vivimos, para dejar de ser los espectadores de las mismas y ser los protagonistas conscientes. Hacernos cargo de ellas.

No se trata de crear otra versión del mito. Sino de aceptarlo así como es.

Nos asustan nuestras narrativas porque no tienen cuerpo, son como fantasmas que vagan perdidos en la noche, buscando algún viajero intrépido.

Cuando aceptamos nuestra vida, cuando amamos, abrazamos todas nuestras historias con el corazón, el monstruo del olvido, de la muerte, deja de apoderarse de nuestro recuerdo.

Entonces, solo así, podemos vivir en paz.