En clave simbólica

Creía que la acción era la causante de todos los males del mundo. De la destrucción y el caos. Del dolor y del sufrimiento. De las guerras.

Creía que la culpa era haber nacido. Y que esa era la razón de todo mi sufrimiento. La vida era la culpable.

Sin embargo, sin vida no hay nada. No podríamos conocer nada. Ser nada.

Conozco a pocas personas que me hayan dicho que odian la vida, que odian haber nacido. Que nacer era la causa de todo su sufrimiento y agonía. Que se querían morir.

Más bien, a nivel social es un sacrilegio decir o pensar eso. Hay que ser feliz a toda costa.

Sin embargo, quizás muchos no lo sepan, pero su vida está constituida, construida, entorno a un núcleo esencial, que es el odio, el deseo, el miedo a la vida. Y por consiguiente, en el constante esfuerzo de negar ese sentimiento o sensación.

¿Pero, qué es el odio, el deseo, el miedo?

Pues la memoria de una energia que un dia era una unidad y hoy quiere recordarse como lo que era.

Una energía cuyo deseo es estar más allá de toda historia, separación, alienación.

No vivimos la vida, la idealizamos.

Desde el momento en que escindimos lo que somos y nos separamos, creyendo que somos un sexo, estamos generando una separación, dando lugar al odio, al miedo, al deseo de unir lo que siempre estuvo unido.

Antes de nacer ya nos separan. Ya están clasificándonos en si seremos niños o niñas. Si nos pintan la habitación de color rosa o naranja. Si nuestro futuro será la posibilidad de ser violadas o ir a la guerra.

Las energías son simplemente energías.

Los arquetipos, lo que vemos, y sobre lo que constelamos y atribuimos una respuesta a esa energía, solo son la memoria de una reacción, de una respuesta. Pero no la energía en sí misma.

La energía no tiene forma.

La forma es la memoria de la respuesta que como humanidad hemos dado a una energía.

No vivimos la vida, la repetimos.

Repetimos un instante en que se modeló, consteló, construyó un patrón energético, y desde entonces solo reaccionamos a ese patrón.

Vivir es experimentar la experiencia de dar respuesta a una energía que toma forma a cada instante, pues cada instante es nuevo y único.

De alguna forma, el sexo, como identidad, es la memoria original (de origen) de una energía.

No se trata de escoger una energía, una naturaleza y negar a la otra para buscarla fuera de mí. Se trata de reconocer ambas energías en mí, como una sola energía que toma diversas formas.

No hay un interior y un exterior.

No puedo negar lo que soy, negando solo estoy enfatizando más eso que niego. Inclinando la balanza hacia un lado.

La vida se convierte así en un entrenamiento constante en la lectura de símbolos cuyo significado está más allá de lo que vemos como forma.

Los símbolos encierran en sí mismos un portal que nos lleva a otra dimensión de conocimiento, son evocadores, inspiradores, catalizadores multidimensionales.

Los símbolos son eso que vemos, y que creemos que existe como tal.