Mi viaje iniciático

Instantes después de nacer sufrí una herida que dio lugar a mi constitución como ser independiente del resto de seres y del mundo, a la construcción de un caparazón protector que defendiera mi frágil vulnerabilidad.

Siempre fui inconscientemente empujado hacia la búsqueda de algo que había perdido, la causa del profundo dolor que sentía.

Qué había perdido, no lo sabía, pero lo descubriría tarde o temprano.

Toda vida se inicia con una hazaña. El héroe de los mitos tiene un cometido que lograr, un propósito.

Mi cometido era redimir la tristeza que embriagaba todo mi ser por la pérdida de algo muy preciado. Tristeza que daba lugar a un sentimiento de aislamiento y separación, una sensación de vacío existencial, una angustia desoladora, un profundo hueco en el corazón imposible de llenar con nada.

Dada la magnitud de ese sentimiento, inventé estrategias para sobrellevar y soportar tal sensación.

Así, la forma más común de obtener un poco de anestesia emocional, y de conexión con las diferentes partes de mi ser consistía en sacrificar mi propia divinidad, el sentimiento de unidad, para obtener ese sentimiento a través de otros. Proyectar las distintas partes de mi ser sobre otros.

Sin embargo, tal como sucede con los fármacos, el cuerpo genera una dependencia y cada vez necesita más de la misma dosis. Hasta que esa dosis llega un punto que es tóxica y nos destruye.

Buscaba mi mitad negada en otras personas, idealizando a mis parejas. Sin darme cuenta que estaba firmando un pacto de muerte, pues cuando éstas se marchaban, detonaban en mi todos los aspectos negados, haciendo insoportable tal separación.

Así sucedió con mi última pareja, ya no había medicina para tal dolor. No había persona que pudiera ayudarme.

Solo tenía una opción, desintoxicarme de todo aquello que había necesitado para no ver y sentir el dolor, y por supuesto, sentir eso que durante tantos años había evitado. La demolición de mí caparazón protector y con él, todas las estructuras psicológicas que trataban de protegerme de tal experiencia.

Morir, no siempre es bonito, pero si bello. No vemos la luz, pero está ahí. Aprendemos que también hay luz en la oscuridad. Que hay muchas formas de alumbrar y de ver.

Descubrí que lo que siempre había buscado era la conexión con mi corazón, con mi alma. Una relación conmigo mismo que permitiera abrazar todas las partes y contradicciones de mi ser, sin sentirme avergonzado por los diferentes personajes que me constituyen. Aprendí a abrazar y no a sacrificar.

Las partes de nosotros que no honramos nos sabotean. Proyectamos en otros las partes de nosotros mismos que están frustradas. Atraemos a otros para que den vida a nuestros seres sin expresar. A través de nuestras proyecciones atraemos nuestro lado sin desarrollar para que pueda expresarse en el comportamiento de otros.

Me casé con mi propia sombra, como una forma de dar fe al compromiso de abrazar la totalidad de mi ser.

Aprendí que la relación es interna y tras esa relación, surge su manifestación en el mundo exterior.

Aprendí que no puedo estar contigo, si me niego a estar conmigo. Y que ahora, podemos estar juntos, porque no nos necesitamos, sin embargo, nos amamos.

Y ese amor, es el que hace que juntos hoy seamos infinitos, expandiendo vida, brillo, más allá de todo límite.