Ofrendar

Wordsworth: el placer es el reconocimiento de la belleza del universo, un homenaje a la dignidad nativa y desnuda del hombre.

Es ese lugar en nuestros corazones donde estamos agradecidos por todo lo que estamos recibiendo y, por un momento, no queremos nada más.

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Dar gracias desde el fondo del corazón por cada instante de vida es la ofrenda más poderosa que podemos hacernos.

No vivir es contraer una deuda. La única forma de “saldarla” es vivir abrazando cada instante. Vivir en presencia.

Nunca podremos pagar, compensar el preciado regalo, la maravillosa oportunidad que recibimos, tras nacer.

La única forma de devolver al amor, a la consciencia, a Dios, todo lo que nos ha dado, es vivir de tal forma que nuestra vida se convierta en una ofrenda constante.

La ofrenda es el gozo sagrado de vivir en integridad con todo nuestro ser.

Esta sensación de “responsabilidad” que sentimos que hemos contraído, puede ser vivida como culpa, como una imposición y en consecuencia, acumular más deuda o bien; puede ser vivida como un indicador de nuestro compromiso sagrado, una devoción a aquello que amamos y que queremos cuidar.

Nos comprometemos a cuidar la fuerza y belleza del agua que se reúne y circula a través de nuestros corazones. El fuego sagrado del espíritu.

La ofrenda es nuestra naturaleza, es el instinto que mueve la vida. Es una necesidad, pues su inteligencia impide que nos sintamos satisfechos, y nuestra forma de compensar esa sensación sea gozar y compartir lo que se nos da, lo que somos.

La ofrenda no es algo que nos quitamos, para dar a alguien. O algo que quitamos al mundo para hacernos más grandes nosotros. Sino más bien, algo que disponemos, gozamos y queremos compartir con el mundo, para expandirnos con él.

Estando siempre en una relación profunda con el río que nunca se seca. Con el fuego que nunca deja de arder.

Un día, tal vez hoy, recordarás todo lo que vino después de tu decisión de atender tu vida como una obra de arte, y verás una gran cantidad de años simbolizados en lunas y manchas de sangre, que se extienden a través de un gran paisaje detrás de ti. Sabrás que has recorrido un gran camino. Aquí, con tu gran capa de lunas heridas, una presencia penetrante en tus ojos, una historia viva en tu piel, sabrás que siempre has pertenecido (al gozo sagrado).

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