La Sombra o el gran Otro

Somos un devenir, más que algo estático, una constante transformación que va abrazando diferentes aspectos de sí misma.

Mira, nosotros sabemos lo que tú enseñas: que todas las cosas retornan eternamente y que nosotros mismos retornamos con ellas; que nosotros hemos sido ya una infinidad de veces y que todas las cosas han sido con nosotros. Tú enseñas que hay un gran año del devenir un monstruoso año: es preciso que, a semejanza de un reloj de arena, se invierta sin cesar de nuevo para que de nuevo vuelva a correr y vaciarse de tal suerte que todos estos años se asemejen entre ellos en lo grande y también en lo pequeño de suerte que hasta nosotros somos en ese gran año semejantes a nosotros mismos en lo grande en lo pequeño. Y si quisieras morir ahora […] “ahora muero y desaparezco -dirías- […] Pero retornará un día la red de las causas en la que estoy engarzado… ¡y tornará a crearme! Yo mismo formo parte de las causas del eterno retorno de las cosas. Retornaré con este sol, con esta tierra, con esta águila., con esta serpiente.., no para una nueva vida, ni para una vida mejor o parecida. Retornaré eternamente para esta misma vida, idénticamente igual, en lo grande y también en lo pequeño, a fin de enseñar nuevamente el eterno retorno de todas las cosas…

Friederich Nietzsche

Abrazar lo que se te da ahora, es tu única tarea.

Sentir lo que sientes, pensar lo que piensas, hacer lo que haces, no eludirlo, hasta que te conviertes en ello, porque ya lo has aceptado en ti. Entonces ahí surge una energía natural, y espontánea.

Mientras rechazas pensar, sentir, o hacer lo que el llamado de la vida te invita a realizar, seguirás repitiendo escenarios que te invitan a sentir, pensar y hacer eso que niegas.

El amor es eso, abrazar lo que piensas lo que sientes, y lo que haces.

Darte permiso para sentir lo que sientes, hasta que lo que sientes se convierte en tu mundo, entonces se transforma por sí solo. Tu no transformas nada.

Solo aquello que brota de forma espontánea desde nuestro interior, nos suscita la curiosidad necesaria para descubrir al otro y por consiguiente, a nosotros mismos.

Lo impuesto, no tiene ningún interés. Al contrario, lo que hacemos a través de ponernos condiciones, es generarnos odio, miedo hacia eso que queremos descubrir. Pues lo sentimos como una imposición.

El deseo es siempre libre y no puede ser impuesto. Aunque nuestra cultura se haya esforzado en recortarlo como un bonsai.

Por eso cuando nos seducimos, sentimos unas ganas irresistibles de descubrirnos.

El deseo, nos invita a explorar, es el llamado a entrar en la gruta, en la cueva y movidos por la curiosidad y las ganas de derretirnos, desnudarnos en el placer de explorar juntos nuestro mundo.

El deseo es la puerta a ser un único equipo de exploración, cuyo objetivo no es más que explorar, gozar explorando.

Ese otro, el compañero de peregrinaje, es la vida, nuestra amante, siempre deseante de que descubramos sus misterios y exploremos sus infinitos caminos.

Eso es la esencia del tantra, del amor, de la vida. Invitarnos a descubrir, desde la libertad de descubrir. Sin forzar, sin condiciones, solo por el placer de descubrir.

Vivir es descubrir. Desnudar la vida, nuestra sombra, ese gran Otro, a cada instante.