Idealizar la vida

Lo único que nos impide gozar es relacionarnos con la vida a través de una idea. Es como vivir en una burbuja que nos permite acercarnos a las cosas pero nunca saber realmente cómo son. Pues estamos protegidos en la burbuja y aislados del mundo “real”.

Creamos una ficción, una película a través de nuestras ideas, pensamientos inconscientes y ahí se produce la escisión entre realidad versus ficción.

Es como vivir la vida a través de un mostrador. Ves lo que hacen los demás pero realmente nunca gozas, solo crees gozar a través de la sensación que te da la reacción al gozo.

Pues lo que llamamos emoción, es en realidad una reacción a la emoción.

Es ver como los demás comen y imaginar como saben las cosas, pero nunca probarlas. Es como ver como los demás hacen el amor, pero nunca hacerlo realmente.

No hace falta contarnos la vida para vivirla, solo abrirnos a vivirla.

La vida no necesita explicación. Toda explicación es MIEDO.

Realmente, ¿a qué sabe la vida?

Viví la vida encasillado en mi propio deseo, refugiandome en él, era como un caparazón protector.

¿Protector de qué? ¿Qué había que defender?

La protección era precisamente mi condena. Yo, era mi condena.

Porque mientras vivo bajo un “Yo”, me separo del mundo, creyendo que hago cosas, que siento cosas, que logro cosas. Vivo creyendo que hay un mundo a parte de mí, que hay otras personas a parte de mí.

En la emoción, soy la emoción y por tanto el mundo. No hay un mundo a parte de mi.

Ya lo dijo la abuela Margarita: “humildad es saber que soy Dios”

Saber que soy Dios, saber que eres Dios, saber que somos Dios.

Lo único que nos impide cumplir nuestros sueños es, precisamente, tratar de que la realidad se ajuste a los mismos. Porque vamos de fuera a dentro.

Idealizamos algo, construimos un mundo, un sueño, una fantasía, y tratamos que esta se ajuste a la realidad. Es imposible.

Cuando hacemos del sueño la realidad, entonces la realidad se convierte en sueño y el sueño en realidad.

Es de dentro a fuera.

No vamos hacia el sueño, sino que nos convertimos en él. Y para ello hay que aprender a soñar.