Custodiar la vida

Ser humanos significa ser compañeros de duelo. Nos unimos en el dolor de haber perdido nuestra unidad. Nos acompañamos desde el corazón en el duelo de vivir.

La vida es nuestra muerte. La muerte es nuestra vida.

No podemos abrazar la vida, hasta que no honramos nuestra muerte. La lloramos, la sentimos profunda adentro en nuestros corazones.

Sentimos la desconexión, la frustración de nuestro deseo. El dolor de haber encarnado en un cuerpo y por consiguiente, el dolor de experimentar nuestra propia mortalidad.

Podemos convencernos de que no hemos sido heridos, pero nuestros huesos, nuestros cuerpos, nuestras aguas, hablan por sí solas.

Nos encontramos tarde o temprano con esa persona que despierta en nosotros el deseo, el anhelo de pertenencia a una vida más gozosa.

No hay marcha atrás.

Podemos vivir cubriendo nuestro corazón con capas de ideas y falsas ilusiones para evitar ir a lo que más nos duele, o podemos hacer el trabajo. Podemos vivir sobreviviendo, creyendo ganar tiempo para evitar ir a la herida, o podemos hacer del tiempo nuestro mejor aliado.

Podemos seguir jugando a las casitas de muñecas, pero la tarea que no hagamos ahora, la tendremos que hacer más tarde. Las emociones no se evaporan por ignorarlas. Tarde o temprano llega el momento de presentar la tarea escolar que se nos encomendó durante el período de vacaciones.

El dolor, cuando es acumulado, es mucho más doloroso, que el dolor vivido cuando hay que vivirlo. Pues la presión del agua no es la misma.

¿Esperamos a que reviente todo, o vamos abrazando nuestras heridas día a día?

¿Vivimos el dolor como un monstruo a combatir, una amenaza a aplacar, o lo abrazamos y lo convertimos en nuestro mejor aliado?

Vivir es ser un privilegiado, estar bendecido por la vida, tener la oportunidad de redimir y transformar el dolor de los que no pudieron aprovechar la oportunidad que se les dió.

Nuestros ancestros sufrieron violaciones, guerras, mutilaciones, abandonos, desamparo, exilio, hambre, miseria y multitud de traumas y dolor, que nosotros como sus sucesores, tenemos la “obligación” de honrar.

Es gracias al dolor no vivido por los que se fueron, que podemos disfrutar los que ahora estamos.

Honrando el dolor, honramos nuestras raíces. Honrando la muerte, honramos la vida.

No es rechazar el dolor en busca del placer. Sino hacer del dolor nuestro placer. Pues, cuando dejamos de idealizar el placer, dolor y placer se compensan y equilibran, como una balanza que busca su centro, como un péndulo que busca su equilibrio.

No buscamos el dolor, ni tampoco el placer. Simplemente vivimos.

El dolor nos recuerda los instantes sin vida, las tareas no realizadas, los momentos en que no estábamos aprovechando la oportunidad de vivir. La insatisfacción es el reflejo de una vida desperdiciada.

El dolor es el privilegio, que nos indica, que estamos disfrutando de la oportunidad de vivir.

El dolor es el guardián custodio de lo que más nos importa, la vida. No podemos proteger aquello que nos es indiferente.

Somos aliados. No enemigos.

Estamos aquí todos bajo la misma causa. Vivir una experiencia humana. La historia que tejemos es lo de menos, es sólo el vestido que usamos para encontrarnos.

Todos hemos sido heridos, todos compartimos el mismo anhelo de volver a la matriz. Cada uno de nosotros lo expresa y vive de diversas formas.

Podemos compartir el dolor de encontrarnos y por tanto, de reconocernos separados, aceptando, reconociendo, la herida que nos une.

Podemos convertir el dolor en placer, a través de resonar juntos en nuestra herida o podemos hacer de nuestra herida una herida más grande.

Podemos encontrar en nuestros corazones un instante que permita calmar el dolor de nuestra separación a través de nuestra unión.

Podemos celebrar juntos el milagro de vivir o podemos destruir la vida.

De nosotros depende, sembrar el amor o la guerra.