Rebeldía

No hay nada bueno ni malo en sí mismo.

No hay nada justo ni injusto en sí mismo.

Las cosas son, simplemente.

Es el juicio sobre las cosas lo que nos impide vivirlas en su totalidad. Es lo que decimos sobre las cosas y no las cosas en sí mismas.

Follar ni es bueno ni es malo.

Drogarse ni es bueno ni es malo.

Ayudar a otros ni es bueno ni es malo.

Puedes hablar de las emociones que te produce tal acto, pero ello no te da permiso para juzgarlo, etiquetarlo.

Según la sociedad, la época, el contexto social en que vivimos, se definen unos parámetros que definen los baremos de lo que se considera socialmente tolerable.

Hay una especie de inteligencia o mentalidad que opera estableciendo las leyes o condiciones del pacto social.

Ahora bien, esta mentalidad está caduca, podrida, desactualizada.

Es una mentalidad que nos invita a pertenecer a una sociedad para dejar de pertenecernos a nosotros mismos. Pues, debemos vender nuestra libertad a un sistema, para pertenecer a él.

Sentirse socialmente integrado es una forma de desintrgridad.

La responsabilidad social es una forma de irresponsabilidad con la vida.

¿A qué sociedad pertenecemos?

Siempre que pertenecemos a un grupo, dejamos de lado a otros muchos.

Para pertenecer al grupo es necesario obedecer y no quebrantar las leyes internas que hacen al grupo constituirse como tal. Desobedecer es amenazar el grupo, y conlleva el peligro de expulsión.

Vivir en el exilio.

Ahora bien, ¿Vidas en exilio, exilios de vida?

Hay una forma de pertenecer a algo mayor sin dejar de pertenecernos, de pertenecer a la vida. Una forma de pertenencia que no lleva en sí la traición.

Una forma de pertenencia basada en una inteligencia en femenino, una inteligencia receptiva, vulnerable, sensible, magnética, intuitiva, que escucha, respeta, que no impone, que obedece a los ciclos, leyes y sabiduría del cuerpo y de la naturaleza.

Hay una forma de pertenencia que no tiene nada que ganar. Que no compite por estatus o nivel. Que no quiere probar nada ni lograr el dominio de nada ni nadie.

Porque eso que llamamos mundo externo es solo un fractal de nuestra luz, una constelación de nuestro interior.

Lo que negamos y separamos dentro de nosotros, lo vemos fuera como nuestra Sombra.

No nos está permitido hacer el amor a plena luz del día, en medio de la calle, y en cambio, no hay ningún problema en insultarnos, maltratarnos o agredirnos constantemente.

¿Cuántas veces las noticias muestran los bebés que han nacido, las personas que han perdonado su dolor, o las personas que han sonreído por haber recuperado la fe en la vida?

Más que bien o mal, justo o injusto, se trata de saber qué necesito, y poner consciencia sobre mi necesidad.

¿Qué siento cuando siento que necesito eso que necesito?

¿Me digo que eso no puedo necesitarlo?

Desobedecer el llamado de la vida es la muerte.

Anestesiar nuestras emociones, porque son de un color diferente al aceptado en la lista de emociones permitidas, es suicidarse.

Todo está permitido.

La rebeldía es interna, la rebeldía es en femenino. La rebeldía es el acto que nos permite trascender la obediencia ciega a leyes que no honran nuestro ser, y abrazar todo aquello que obedece a nuestra verdadera naturaleza.

La obediencia es a nuestras aguas internas. La sabiduría de nuestra sangre y nuestros huesos.

No a las voces externas, porque entonces lo que hacemos es proyectar nuestra energía sobre una autoridad.

Si no obedecemos en el interior, lo haremos en el exterior.

Si no escuchamos a lo que nuestro cuerpo y sabiduría nos comunica, acabaremos escuchando a charlatanes que nos venderán enciclopedias del saber.

Acabaremos siendo sumisos a sistemas y dogmas cuyo único interés será nuestra devoción, aquella que no nos damos a nosotros mismos.

La devoción es un camino interior, que refleja su luz en el exterior.

Si realmente queremos hacer de nuestras vidas algo gozoso, es necesario que salgamos de esa dependencia del mundo externo y ubicar nuestra fuente de orientación dentro.

Con demasiada frecuencia, caemos en la creencia equivocada de que el mundo exterior es nuestra fuente de vitalidad. Esperamos sus señales y sus permisos y nos olvidamos de honrar, solicitar y recibir del pozo interno.