Adicción

Una persona puede volverse adicta a la reacción ante lo esencial, la emoción, generando así diversas emociones y buscando seguridad en ellas.

Adicta a su tristeza, porque después de tanto tiempo juntos, le ha cogido cariño.

Adicta a la alegría, porque después de tantos años juntos, sin ella se siente vacía.

Las diversas emociones son solo una historia que nos contamos sobre la emocion, ante la cual reaccionamos.

La vida no entiende de alegría o tristeza. La alegría o la tristeza siempre son la memoria de una emoción.

Es un recuerdo de una vez que sentimos eso y nos quedamos enganchados a ello buscando seguridad.

De alguna forma es una historia que nos contamos, y nos quedamos atrapados en ella. La compramos. Pusimos nuestra fe.

Es como cuando creemos que nos hemos dejado la luz encendida y vamos a comprobarlo, estamos reaccionando ante la emoción, porque creemos eso que nos dice el pensamiento, que no es más que miedo.

Hoy será la luz, mañana el agua… Y así pasaremos la vida reaccionando para no sentir. Para no sostener la emoción y proyectarla en el mundo.

Es preciso darse cuenta de cómo nos creemos los pensamientos, las historias, que no son más que ramificaciones, extensiones del mismo miedo.

Al creer en ello, poner nuestra fe, engendramos un movimiento, pues la energía lleva consigo un dinamismo, un movimiento. Ahí en cierta parte somos responsables, por haber creído en algo, y haber originado la acción, no por lo que nos hemos creído, no por lo que ha originado la acción. Sino por re-accionar.

A modo de ejemplo, si viene alguien y te escupe, sientes el escupitajo, pero si antes de sentirlo, es decir, antes de “limpiarte” reaccionas escupiendo, el mundo se volverá un campo de escupitajos.

En este caso eres responsable de haberte creído que te han escupido y que debes devolver el escupitajo, eres responsable del movimiento que se ha desatado por haber creído en eso.

Tu decides en que depositas tu fe. Tu fe en las cosas, crea tu destino.

El mundo te devolverá ese reflejo.

El miedo engendra miedo. El amor engendra amor.

Después de un largo tiempo me doy cuenta que era adicto a la ansiedad, a la preocupación, a la tristeza, al conflicto, al desgarro, a la depresión.

Hoy, me siento raro por sentirme en paz, por no tener preocupaciones. Por levantarme por la mañana tranquilo.

Y aunque a veces ese recuerdo viene, ahora sé que solo necesito abrazarlo, y no reaccionar ante él.

Viví queriendo cambiar.

Cambiar es un aplazamiento. Pedir tiempo a la vida para seguir alimentando nuestra fantasía. No podemos cambiar. Solo aceptar. Solo amar lo que se nos presenta.

Ver como quiero regresar ahí. A ese estado en el que supuestamente me sentía seguro y protegido, a ese estado en el que creía ser algo.

Durante mucho tiempo fui adicto a reaccionar ante la emoción.

La única emoción que existe es sin emoción, no entiende de emociones.

Las emociones son un intento de la mente de justificarse, creando historias, reacciones.

Engendrando un movimiento de huida.

¿Pero hacia donde huimos?

No hay nada que hacer, ni ningún lugar a donde ir.

Huir solo fragmenta y separa lo que es inseparable.

Doy gracias a las palabras, porque fueron mi medicina. Me ayudaron a verme. Así poder observarme y salir del bucle en el que me encontraba.

Para mi era demasiado fácil quedar atrapado en un estado emocional, y no ver más allá de eso.

Entonces me di cuenta que las emociones tiñen mi vida.

Las emociones están en mi, yo no estoy en la emoción.

Temía a las palabras, pues eran una amenaza para la emoción, pero ahora sé que las palabras pueden evocar la curación.