Masturbación conjunta

Habría que preguntarse hasta que punto, en las relaciones actuales, hacer el amor, no deja de ser una masturbación conjunta.

La identidad con la que muchos se identifican, es fruto de una represión del deseo, es el fruto de una herida primaria que yace en nuestro inconsciente. Es como si nos hubieran extirpado el corazón, pero luego nos hubieran querido borrar la memoria de esa extirpación, haciendonos creer que no ha pasado nada, pero sabiendo que algo nos falta.

Cuando estamos en el vientre de nuestra madre, estamos en estado de fusión, no hay un yo y un tu. El bebé no sabe qué es eso.

Es al nacer, después de atravesar un túnel castigado por la represión de los valores patriarcales, que se nos inflinge una herida que nos condicionará el resto de la vida.

Venir al mundo podría ser como deslizarse por un tobogán repleto de agua y resbaladizo, donde bajamos sonriendo y disfrutando de ese tránsito. Quien nos abre camino goza, y nosotros gozamos de nuestro viaje.

Sin embargo, venir al mundo se convierte en una intrincada lucha, y más que un tobogán, convertimos el canal de la vida en un conglomerado de zarzas que hieren a la madre y al bebé.

Después de esa fantástica aventura, ya solo nos queda rematarla, con una madre desconectada de su deseo y que no puede conectar con su bebé, porque está demasiado ocupada obedeciendo los valores del hombre a quien le ha vendido su libertad.

(No su pareja, o el marido, si no los valores ideológicos, arquetípicos, que le hacen vivir aislada de su deseo. Esto no es una crítica a la madre como tal, sino a la figura de la madre).

Así, tarde o temprano, el bebé se enfrentará a la frustración, a la frustración de su deseo, porque llorará y llorará y no habrá nadie que pueda acompañarlo en su sentir.

“Com-placer” es eso, sentir placer con alguien. “Con-sentir” es lo mismo, sentir con, sentir con un otro. Mi dolor es tu dolor y mi placer es tu placer. Más que mío o tuyo, es nuestro.

No es complacer lo que necesitamos, es complacer lo que sentimos. Es acompañarnos en el sentimiento, no en lo que se deriva de este.

No es comprarme todos los juguetes, es acompañarme en la frustración de no poder tenerlos, y sentir que me arropas.

De este modo, dado el dolor de la frustración, y la imposibilidad de su compensación, o equilibrio, se construye una identidad, cuya base es la represión, la frustración de esa fusión.

Esta identidad se constituye como un órgano individual, separado del mundo y cuya máxima oscila entre, protegerse del mundo, o bien unirse al mundo.

Así, surge un concepto de libertad personal, un “yo” que cree que logra cosas, que ama, que crece, que vive y siente.

Cuando en realidad, todo lo que hace es reaccionar a la posibilidad de su muerte, y por tanto, a sentir la herida que lo constituyó como tal.

Por eso cuando alguien se va, sentimos el abandono, la frustración del deseo. Y nos abre esa herida tan desgarradora.

Por eso, planteé al inicio el tema de la masturbación conjunta, porque la unión está antes de la separación. La separación es un invento. No tenemos que hacer nada para unirnos, porque estamos unidos.

Hacemos el amor como si un cuerpo estimulara a otro y esto le provocara placer. Buscando esa unión perdida que nos es imposible de encontrar.

Propongo no hacer el amor, sino que el amor nos haga, y lo expresemos en nuestra vida, haciendo eso que llamamos “hacer el amor” o lavando los platos. Ver al amor como una expresión de nuestra unión, y no como una expresión de nuestra separación.

Somos un solo cuerpo, pero para ello no necesitamos necesariamente hacer el amor. Podemos hacerlo, sí, pero con la consciencia de que hay la misma unidad antes, que después de hacerlo.

Si nos creemos separados y buscamos algo para unirnos, sea el sexo, o jugar al dominó, viviremos siempre separados. Porque lo que nos separa es simplemente una creencia.

Da igual lo que hagamos.

Somos un solo cuerpo. Una sola alma. Un solo corazón.