La compasión y el perdón

Compasión para abrazar la vida a cada instante, y perdón para soltar todo aquello con lo que me identifico, y me impide seguir abrazando.

Solemos tener tendencia a idealizar ciertas formas o expresiones de la compasión o amor, que nos llevan a creer que hay seres que poseen una infinita compasión, y otros no.

De alguna forma dividimos entre los que aman, sienten, expresan el amor y los que no sienten nada, están enajenados.

Bajo esta premisa, nos permitimos hacer juicios y separar a los seres compasivos de aquellos que catalogamos como enfermos, asesinos, violadores, etc.

Se nos olvida muy a menudo, que el Ser está antes del juicio o interpretación que hacemos sobre él (podríamos prescindir del término persona y usar simplemente “Ser”).

Se nos olvida que nuestros actos, nuestros pensamientos, nuestros sentimientos, no constituyen lo que somos.

No podemos no sentir amor, al igual que no podemos no sentir placer. Porque amor y placer es lo que somos. Otra cosa es como lo expresamos.

Todas las formas de vida son expresiones del amor de la vida, que no entiende de sexos, ni formas.

Cojamos el ejemplo de una persona que va dando abrazos por el mundo, o cuidando enfermos, y que muchos lo veneran y catalogan como seres de infinita compasión. O por otro lado, una persona que genera mil millones de euros al año.

¿Tiene más valor una persona que va por el mundo dando abrazos, o cuidando a enfermos que alguien que ama solo a una persona?

¿Tiene más valor alguien que produce mil millones, que alguien que duerme en la calle?

¿Tiene más valor alguien que da vida, que alguien que la quita?

¿Qué determina el valor de alguien, o algo?

Es fácil establecer conclusiones a partir de lo que vemos, creemos, pensamos. Pero ello no nos dice nada de la naturaleza de las cosas.

Creamos el mundo con nuestros pensamientos, ellos moldean nuestra vida. La fe que depositamos en ellos es tan devocional que nos impide ver otras cosas más allá de aquello en lo que creemos.

Simplemente nos pasamos la vida confirmando lo que creemos, pensamos, para no ver. Somos ciegos en un mundo de ciegos.

Decía el principito: Sólo con el corazón se puede ver bienlo esencial es invisible para los ojos.

Establecer juicios de valor sobre el mundo, es una forma de arrogancia.

La diferencia entre todo cuanto existe es funcional. No valorativa.

Cada “obra maestra” tiene su función, en el maravilloso orden y equilibrio de la vida. Pero no por ello le resta o le suma valor a lo demás.

Si existe, es necesario.

Nuestras necesidades cambian, y por tanto lo que necesitamos también. Si solo tiene valor lo que necesitamos, significa que en el momento en que dejemos de necesitarlo, no tendrá valor.

Significa que en algún momento dejaremos de tener valor, porque no siempre seremos necesarios. No necesitamos ser necesarios para tener valor, porque ya lo tenemos.

No tenemos ninguna capacidad para establecer nuestras etiquetas sobre el mundo, pero nos vanagloriamos al etiquetarlo y nombrarlo todo.

Al escindir la vida, creamos la muerte.

Estamos cayendo en nuestra propia trampa. No hay más mundo que tú mundo, y lo que juzgas, es lo que eres y niegas de ti.

Pero te autosatisfaces creyendo que eres unas cosas y otras no, que hay cosas que no van contigo. Te identificas con unas cosas y rechazas otras.

Entonces, vas por la vida, temiendo al destino, porque necesitas defenderte precisamente de todo eso que niegas de ti.

El destino eres tú. Es todo lo que niegas de ti, que aparece constantemente para que lo abraces. Para que te abraces.

Que sienta compasión y una comprensión holistica del mundo no implica que no me afecten las mismas cosas que al resto de humanos.

La compasión no es para volverme de piedra, sino para ser humano. Solo uso esa consciencia y compasión para abrazar mi humanidad y aceptarme.

Solo así puedo abrazar al resto de humanidad. Nuestra humanidad.

Cualquier emoción, pensamiento, persona, situación son bienvenidas, como forma de respeto y expresión de la belleza de la vida.