¿Quién muere?

¿El que se queda, el que se va?.

¿Quién se queda, quien se va?

Quien se va simplemente desaparece, se funde en el misterio de la vida y ya no lo volvemos a ver nunca más. Se va su forma, la que temporalmente albergaba la vida, y vuelve al hogar, vuelve a la tierra, allí de donde vino.

Pero somos nosotros los que vemos a esa persona constantemente, la sentimos, la echamos de menos, deseamos tocarla, estar con ella, hablarle.

Morimos nosotros, porque ha muerto una parte de nuestro ser.

Porque no somos vidas unilaterales, separadas. Somos todos parte de una misma consciencia, de una misma vida, de un mismo amor.

Cuando alguien se va, nos vamos.

Y aún nos medio consuela cuando vemos que esa persona no tiene vida, que su alma, la vida, ya no habita su cuerpo.

Pero, ¿y cuando alguien desaparece, sin más?

¿Y cuando deseas a alguien y el otro ya no te desea, cuando creías que el otro te daba esa unidad que tanto anhelabas y de repente se marcha? (entendiendo por deseo a lo que comúnmente llamamos amor, para mí el amor es lo que nos une, no lo que nos separa).

Uno de los dolores o emociones más difíciles de soportar es la incertidumbre. Es como quedarse navegando en el limbo, en tierra de nadie. Es como estar en una diminuta isla, sin margen de maniobra, rodeado de cocodrilos.

Así vivimos la vida a través del miedo, del deseo no abrazado, de la voz de la vida que nos llama desde lo oscuro.

Porque vivimos buscando certezas en un mundo incierto.

Vivimos buscando tierra en un mundo de agua.

Y quizás también es que vivimos sin habitarnos, por eso cuando alguien se va nos devuelve el espejo de nuestra muerte. Porque habíamos depositado la vida en el reflejo de la otra persona.

Creíamos que al ver nuestra imagen reflejada en el agua, el agua estava viva.

Cuando se va, ya no hay nadie que nos devuelva el eco de nuestra forma.

Y ahí nosotros también morimos.

¿O quizás, en ese momento, se abre una puerta para abrazar la vida, la verdad?

La vida siempre perenne que está más allá de cualquier forma y no depende de nada ni nadie, para irradiar su luz, para ser, para abrirse y desplegarse.

De nosotros depende abrir esa puerta o bien seguir buscando muerte en un mundo de vida.