Herida y repetición

Nos pasamos la vida repitiendo la misma herida con diferentes personas hasta darnos cuenta que no hay nadie haciéndonos nada, que somos nosotros que inconscientemente magnetizamos a las personas y los escenarios según nuestra herida.

Cambian los vestidos y los escenarios, pero todo vuelve a sí mismo, como una espiral.

Creemos que avanzamos, que dejamos cosas atrás, que amamos y no amamos, que superamos cosas… Tenemos mucha fe en nuestra propia mentira.

No vamos a ningún lado, porque allí donde vamos desplegamos nuestra energía, y esta es la que configura nuestro escenario vital.

Según la consciencia sobre nuestra energía, iluminanamos, vemos, aquello que desplegamos.

Según nuestra energía, surge un escenario, unos acontecimientos, unas personas u otras.

Y así, hasta que decidimos hacernos cargo de asumir como propio eso que proyectamos en el mundo, como “otro”, un gran Otro.

Hasta que nos cansamos de repetir el mismo patrón, de vivir repitiendo.

Sabemos entonces, que no podemos caer en manos de eso que llamamos destino, entendido como un juego azaroso con el que se divierten los dioses, sino que nuestro destino somos nosotros mismos.

Así que dejamos de temer a la vida, vivir con ansiedad y defender algo que es una ilusión. Sabemos que la vida somos nosotros, y nos entregamos, confiamos.

Sabemos que no hay nada que hacer, ningún lugar a donde ir. Que el momento es ahora, y todo es una invitación para regresar a nuestra esencia, escondida en este instante.

Así descubrimos que nadie nos ha hecho nada. Que somos nosotros mismos, son esas partes ocultas de nuestro ser, las que se despliegan y nos llaman a abrazarnos en un ciclo constante de vida, muerte, vida.

Es nuestra vida, reclamando ser vivida, la que grita a cada instante abrázame.

No es una putada, es una invitación a la totalidad de lo que somos, y la libertad de ser.

Decía un yogui: Tienes que pasar por el tedio de la repetición, hasta que de ella salga una energía espontánea. Entonces, te sentirás libre de desear nada.