Des-conexión

Vivimos vidas artificiales, de profunda desconexión.

Vivimos bajo formas que atentan contra la vida, que violan la vida.

Hemos perdido la conexión con nuestra madre, la naturaleza. Lo poco que queda de dicha conexión, lo sentimos en en eso que llamamos cuerpo físico.

Nuestra conexión original era la conexión con la tierra, que era nuestro único cuerpo.

Los animales, las plantas, las aguas, los ríos, las montañas, eran nuestros hermanos. Formabamos un conjunto con toda forma de vida. Una unidad.

Cada vez que lastimábamos a una parte de nuestro ser, sentíamos el dolor de lastimarnos. Y en consecuencia necesitábamos compensar ese dolor.

Los animales eran nuestros maestros. A ellos ofrecíamos nuestras plegarias y rezos, y sí, también los sacrificábamos, pero por hambre, por necesidad. No por avaricia, codicia. No sin antes pedir permiso, y hacer nuestras ofrendas.

Nos sentíamos felices por vivir rodeados de abundancia pero también tristes por tener que sobrevivir y sacrificar a nuestros hermanos.

Nos creemos superiores y defensores de la vida, por ser vegetarianos, veganos y otras etiquetas varias, como si las plantas y los vegetales no tuvieran consciencia.

Creemos que el problema es alimentarnos de animales. El problema es nuestra voracidad y avaricia. Nuestras vidas carentes de de vida. Nuestra hambre, de vida.

Comemos para callar nuestra voz interna. Comemos para callar nuestra verdad.

Comemos como si no fuéramos a volver a comer nunca más.

Nos alimentamos para desnutrir la vida. Para colmar nuestros vacíos emocionales.

Actualmente, vivimos en formas de vida que separan, fragmentan, escinden la vida.

Se nos olvidó que todo cuanto existe tiene vida, alma, consciencia y por tanto es sagrado.

Un árbol es consciente de que es árbol. Se sabe arbol.

Una roca es consciente de que es roca, se sabe roca.

Un tiburón es consciente de que es tiburón, se sabe tiburón.

Un humano “consciente” es consciente de que es humano. Es consciente de que piensa.

Pensar, no nos hace tener vida, alma, sino ser conscientes de que pensamos, sabernos pensadores. Observar al pensador.

Es precisamente creernos nuestros pensamientos y unirnos con ellos, en substitución a la relación original con nuestro cuerpo, lo que nos hace sufrir y genera dolor.

Buscamos esa unión perdida, pero confundimos los elementos.

Nuestra madre llora, porque ha perdido a su hijo, nosotros nos distraemos, para no sentir el dolor de haber perdido a nuestra madre.

Los pensamientos por sí mismos no crean vida, albergan el potencial, el patrón informacional para dar vida. Pueden dar lugar a lo manifestado, pero, pero por sí solos, no manifiestan nada.

Necesitan un útero, una tierra fecunda que albergue la vida.

Lo activo, busca lo receptivo, lo receptivo busca lo activo.

Es una interconectividad, una relación.