Madurez

Justificamos nuestra infelicidad y represión con una etiqueta que nos llena de orgullo, símbolo de haber alcanzado un nivel superior en la vida.

Bajo esa creencia, creemos tener la capacidad de decidir por nosotros mismos. De ser responsables de nuestra vida.

La responsabilidad es una forma de orgullo.

“Cuando seas padre, comerás huevos”. Solían decir en mi casa.

La madurez es la madurez de la consciencia, no de una identidad. Una identidad no puede madurar.

La adultez, esa etapa que muchas personas se creen orgullosas de haber alcanzado, solo encubre una infancia profundamente dolida y sin vivir.

La adultez, se usa, igual que usamos el término pasado, para tapar todo el miedo a abrazar la vida que quiere ser vivida.

Necesitamos crear un concepto que albergue todo lo que no queremos ver, sentir, abrazar de nosotros mismos.

Ahí metemos toda nuestra mierda, todo lo reprimido, y lo creemos compensar con otro término con el cual nos identificamos.

El futuro compensa el pasado.

La adultez compensa la infancia.

El placer compensa el dolor.

Eso nos decimos inconscientemente.

Así vivimos, en base a identificaciones y rechazos.

Volviendonos esclavos de ambos, y alardeando de ser libres.

Cuando surge una cosa y nos identificamos con ella, automáticamente la Consciencia, la vida, crea otra, hacia la cual nos sentimos inconscientemente magnetizados. Porque la esencia de la vida es la libertad.

La libertad de ser.

La libertad de gozar de cualquier forma sin identificarse con ninguna.

La libertad es el amor de la vida, circulando entre las formas, gozando del placer de reconocerse a sí misma en todas y a la vez no quedando atrapada en ninguna.

La vida es simplemente relación entre elementos.

Nada compensa nada, solo amnesia un poco más nuestra tremenda herida, nuestro tremendo miedo a abrazarnos, justo en este instante siendo lo que somos.

El crecimiento es interno.

El único momento que existe es ahora.


Que feliz que eres infante, sentado en el suelo, jugando toda la mañana con una flor

Yo, atareado en mis cálculos, sonrío al verte jugar y voy añadiendo cifras mientras se pierden las horas.

Quizás tu me miras y piensas: con qué juego tan estupido malgastas tu mañana.

Infante, he olvidado el arte de abstraerme con flores y pasteles de barro.

Busco juguetes caros y acumulo montones de oro y plata.

Tu creas el placer de jugar con todo lo que encuentras, yo pierdo mi tiempo y mi fuerza en cosas que nunca puedo conseguir.

Lucho por atravesar el mar de mi deseo con mi frágil canoa, y me olvido que yo también estoy jugando. (Rabindranath Tagore)


El dolor no es un castigo, es simplemente el indicador de que por ese camino no sentimos placer.

El dolor no es contrario al placer. Ambos forman un conjunto indivisible. Una relación inseparable.

Cuando en vez de vivir nuestra vida en función del placer, de aquello que nos sienta bien, la vivimos en función de aquello que no nos causa dolor o mal, vivimos constantemente alerta, acechando, vigilando, interpretando.

¿Esto me causa dolor o placer? Nos decimos inconscientemente.

Esa es nuestra trampa, interpretar, juzgar, valorar, antes de sentir. Eso es precisamente lo que nos causa dolor.

Primero sentimos y luego vemos, no primero vemos (interpretamos) y luego sentimos.

Porque al interpretar, juzgar, separamos, creamos el placer y el dolor.

Creemos, y por tanto creamos unas cosas que nos premian y otras que nos castigan. El dolor es ese conjunto de cosas que nos decimos que nos castigan y el placer esas cosas que nos premian.

No es huir del dolor en busca del placer, porque así lo que hacemos es generarlo más, porque somos nosotros quien lo creamos inconscientemente para compensar al placer.

Porque así tampoco sentimos el placer, lo vivimos a través de lo que creemos que es el placer. De una idea.

Creamos un placer idealizado, que nos aleja del placer corporal.

La misma puerta del placer es la del dolor. No hay uno sin el otro. Porque no hay separación entre ambos.

De nada sirve ir a la cárcel, porque la persona volverá a hacer aquello que siente que le da placer.

Porque esa es la ley que rige en su inconsciente.

Porque esa es nuestra naturaleza. Esa es nuestra Ley. Seguir el placer. Seguir lo que nos mueve, lo que hace palpitar nuestro corazón.

La cuestión es ser conscientes de lo que nos da placer para verlo y amarlo. No para que actúe por si solo.

No es criticar o castigar, es invitar a ser conscientes, por placer de ser conscientes. Es abrazar, amar lo que somos a cada instante.

Sino lo que hacemos es perpetuar el odio. Porque instauramos más odio.

El amor llama al amor, el odio llama al odio.

La persona que está constantemente evitando el castigo, vive bajo el miedo. Solo aprende a reaccionar para evitar la ley, porque sabe en su interior, que hay una ley que rige todo y que no puede huir de ella.

Pero se ha equivocado de ley, la ley que busca, está dentro de sí misma. Rige su ser.

La ley interna es mucho más fuerte que la ley externa. Porque la externa es un reflejo de la interna.

Aprendimos a reaccionar. A evitar la vida. Más que acogerla.

Nuestra cultura es el reflejo de nuestra castración y opresión, de un sistema que fomenta el miedo al castigo, y el rechazo al verdadero placer, el placer de SER.

El placer de sentir la vida.

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión /  Cambiar )

Google photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google. Cerrar sesión /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión /  Cambiar )

Conectando a %s