Consciencia

La vida es un florecer y no un llegar a ser. Es la manifestación cíclica de una forma sutil y no el llenado consciente de un modelo.

Soy una conciencia en constante renovación de sus identificaciones-rechazos, dentro de un campo energético de patrón constante y con diferentes niveles de manifestación.

Nuestra percepción habitual está indisolublemente ligada con la presencia de formas. Para que algo nos resulte inteligible debe presentar relaciones constantes entre sus elementos o por lo menos, poseer un contorno relativamente estable como para que podamos aislarlo del mundo circundante. Pensar es imponer estructuras —las del lenguaje y la memoria— sobre el flujo de impresiones que nuestros sentidos captan. Lo amorfo escapa a nuestra percepción. Cuando nos enfrentamos a él nos vemos obligados a circunscribirlo, delimitarlo, encerrarlo dentro de una malla de formas conocidas.

Aquello que no presenta una imagen reconocible, que no posee forma ni significado, que no reproduce ninguna sensación conocida o imaginada, nos deja perplejos y nos resulta intolerable.

La posibilidad de que la vida o alguna dimensión de la misma sea absolutamente creativa, generadora incansable de singularidades, discontinua e imprevisible, está más allá del pensamiento y cuestiona la estructura misma de nuestra psiquis.

Las formas —por más hermosas y elaboradas que sean— son meros recipientes, vehículos o contenedores de la energía que las utiliza para circular libre y siempre nueva a través de ellas, pasando de una a otra, sin identificarse con ninguna ni permitiendo que alguna la capture.

Extraído de: Ascendentes. Eugenio Carutti.

“La energía ni se crea ni de destruye, sino que se transforma” . La energía queda atrapada en la forma, pero está destinada, dada su naturaleza, a ser liberada para dar lugar a otra manifestación.

La experiencia consiste en crear e identificarme con una forma para luego soltarla y liberar la energía que en ella quedó atrapada. Una energía que al trascender la forma, retorna como información integrada a la consciencia.

Nuestra conciencia actual se aferra a las formas y le cuesta soltar aquello con lo que se había identificado.

Nos identificamos con nuestro nombre, sexo, género, familia, pueblo, trabajo, profesión, pareja, nuestros hijos….

Es solo una forma efímera la que se transforma, muere y renace, cada vez que interactuo con eso que llamo “el mundo”.

Quizás por eso hacemos tanto apego con los hijos, con la familia, porque nos dan identidad. Les pedimos que nos reconozcan. Nos reconocemos a través de ellos. Para no caer en el vacío de no ser nada.

No lloramos porque alguien se va. Lloramos porque se ha ido una parte de nosotros que vivía pidiendo que la reconocieran. Nos vamos con lo que se ha ido. Lloramos nuestra pérdida.

El amor no va de pedir. El amor va de dar.

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