Pasión

Las palabras son energía que contiene dentro de sí infinitud de información asociada a esa palabra. Son como vehículos, catalizadores, que nos llevan a un lugar más allá de si mismas. No es la palabra, es lo que evoca. Son catalizadores, chispas que encienden algo dentro nuestro.

Lo primero que me viene al sentir la palabra sacrificio es RENUNCIA.

Y entonces, me surge la negación a renunciar a nada. Mi mente omnipotente e infinita no quiere dejar ningún recodo de realidad.

Ahora bien, es realmente el sacrificio una renuncia? Puedo renunciar a una gratificación inmediata y obtener algo que me llena de verdad después, como renuncia a mi gratificación?

Las pasiones en su estado natural no son buenas ni malas, pese a lo que nos ha vendido alguna que otra religión. En ellas está contenida la esencia, el oro que quiere brotar. Son como el diamante, la piedra en bruto que hay que pulir. Contienen la fuerza, la potencialidad de la realeza, de la individualidad auténtica, pero, primero se las ha de combustionar y transmutar con el fuego sagrado del espíritu.

Sería como un alimento que hay que cocinar porque crudo me enferma. El fuego del espíritu transforma y prepara la pasión para poder gozarla y que no me haga daño.

El caldero, el espacio donde tiene lugar la combustión, el “calcinato”, la obra alquímica, es mi cuerpo. Es ahí donde la pasión puede combustionar y hacer brotar el fuego escondido.

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